No es que los rupestres se hayan escapado del antiguo Museo de Ciencias Naturales y mucho menos del de Antropología o que hayan llegado de los cerros escondidos en un camión lleno de gallinas y frijoles.
Se trata solamente de un membrete que se cuelgan todos aquellos que no estan muy guapos, no tiene voz de tenor, no componen como las grandes cimas de la sabiduría estética o (lo peor) no tienen un equipo electrónico sofisticado llenos de sintes y efectos muy locos que apantallen al primer despistado que se les ponga enfrente.
Han tenido que encuevarse en sus propias alcantarillas de concreto y, en muchas ocasiones, quedarse como el chinito ante la cultura: nomás milando.
Los rupestres por lo general son sencillos, no la hacen mucho de tos con tanto chango y faramalla como acostumbran los que no son rupestres, pero tienen tanto que proponer con sus gruitarras de palo y sus voces acabadas de salir del ron. Son poetas y locochones, rocanroleros y trovadores. Simples y elaborados, gustan de la fantasía, le mientan la madre a lo cotidiano, tocan como carpinteros venusinos y cantan como becerros en un examen final del conservatorio.
ROCKDRIGO GONZÁLEZ
LA MOSCA EN LA PARED #97
MEXICANOS AL GRITO DEL ROCK



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